La poesía de Miyó Vestrini no pide permiso. Está escrita desde el cuerpo y contra cualquier forma de consuelo. Nombra el deseo, la soledad, el desamor y la muerte con una lengua áspera e irónica, de una exactitud que corta. En sus versos, la ciudad es una intemperie y la intimidad, un territorio en disputa donde lo personal y lo político se confunden.
El lento grito reúne su obra poética completa, de Las historias de Giovanna a Valiente ciudadano, junto a un prólogo de Gina Saraceni. Es una voz singular en la poesía venezolana que, décadas después, conserva intacta su capacidad de revelación.
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