Acto de vigilia, por Yolanda Pantin | Presentación de A la brevedad posible

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Para mí, en lo personal y más querido, Luis pertenece al tiempo de los azules Ratón y Vampiro que continuó luego con el tiempo de la Feria del Libro en Guadalajara. Uno se conoce de otra manera cuando viaja, de una manera infantil y entrañable. En esa ocasión, recuerdo, perdí la ponencia que debía leer y Luis corrió por el laberinto de los pasillos y me la trajo impresa en menos de cinco minutos. Así lo fui conociendo. Un caballero. Pero, sobre todo, conozco a Luis como lo conocen tantos amigos de estos tiempos que corren veloces por las autopistas; lo conozco por la bitácora que lleva en Facebook y Twitter. Yo no tengo esa clase de prejuicios y recuerdo que leí con muchísimo interés un libro que me mandó Blanca Strepponi de regalo desde Argentina y que recoge las entradas del joven Aboud Saeed durante los días duros en Siria: Yo , el más inteligente de Facebook, se llama el incatalogable híbrido. El caso es que viendo lo que Luis iba montando en su muro me atreví a sugerirle, justamente en Guadalajara cuando fuimos a la feria con otros amigos, que valía la pena si pudiera recoger algunos de sus magníficos aforismos y los hiciera circular por otras vías, de pronto más convencionales, como un camino vecinal, en un libro impreso.

Entiendo que parte de la gracia de Facebook y Twitter es dejar que todo lo colgado allí se confunda en un tumulto de imágenes y de voces, que las líneas que nos alumbraron desaparezcan empujadas por otras y otras y otras y solo quede el déjà vu de una iluminación efímera. Pero no en este caso. Los aforismos de Luis no debían perderse en esa montaña de desechos que me trae el recuerdo de lo que vio el ángel de la historia de Benjamin. Así que algo quedó sembrado como inquietud, supongo, y nuestro amigo emprendió una tarea muy difícil: seleccionar y agrupar en tres apartados de las brillantes anotaciones de su diario caraqueño, aquellas que tocan la lectura, la escritura y un tercero que tituló en un golpe de gracia “A tajos”. Escogió, pues, lo que no se mueve aunque le caigan encima las siete plagas de Egipto.

Haber traído esta tarde a Walter Benjamin no es casual, porque cuando pienso en los escritores como Luis, los imagino tomando notas mientras van paseando. Es una imagen, pero no veo a un aforista acodado a una mesa devanándose los sesos, lo veo sacando una libretica de su cartera o del bolsillo de la camisa y anotando lo que piensa sin detenerse a pensar. El aforismo es una paradoja. Pero Luis me corrige con precisión: “El aforismo es una herida que se cree bala”.

Tenemos más de 15 años amaneciendo de bala, así que lo que yo valoro de esta selección es lo que veía en Luis como tenacidad, ese empecinamiento en no dejarse vencer por lo adverso y por lo horrible. Lo que en él permanece impasible, como cuando te mira y sonríe. Valoraba su fe en las letras que ahora veo es una herencia de sus padres. No todo está perdido, no todo se lo ha llevado el viento tormentoso como el que entró en mi casa ayer y tumbó las sillas del corredor. Quedan estas reflexiones de un venezolano nacido en Perú (ay, Lima la horrible) que tanto me han ayudado a comprender “algo” de lo que nos pasa. Se dirige Luis a sí mismo como lector entregado a la dificultad de la lectura y como escritor que teme la enormidad de su empresa, y se dirige a la comunidad de escritores y lectores venezolanos para tratar de desentrañar los nudos de la literatura. Él dice que este libro es breve, que es modesto, que no quiere tanto, que no se crean, pero ¡qué vuelo tan alto tienen sus palabras! Y qué necesarias se me hacen para soportar la travesía por el desierto sin agua.

Pero, ojo, yo no digo que este libro esté circunscrito y limitado al tiempo histórico venezolano, sino que las circunstancias históricas hacen que mi lectura venga cargada con un peso extraliterario y que algunas líneas me conmuevan por lo mismo. El hecho de insistir en el misterio de la lectura y de la escritura, cómo la una depende de la otra, cómo se alimentan, cómo es lo mismo leer que escribir, y qué es eso tan raro que nos sucede cuando escribimos, eso que pasa cuando leemos, siendo que todos los días amanecemos de bala. Y es que “en tiempos oscuros leer es un acto de vigilia”.

En los amaneceres de la ciudad violenta a una se le va la cabeza. Los aforismos de Luis suenan como un chasquido, o como el click de una cámara, o el zumbido de un teléfono inteligente, o como el portazo de una puerta en la cara. Aunque ayer los visualizaba como señales en el canal rápido de una vía, o los pocos segundos que nos da la luz roja del semáforo para cruzar una avenida loca de Caracas. También se me ocurrió pensar mientras paseaba por Turmero que los aforismos son un clavado de la vista y por su contundencia sin réplica, a veces se confunden con poemas. Pienso en las Greguerías de Gómez de la Serna, en lasHormigas blancas de Jordi Doce, en los “poemínimos” de Efraín Huerta, ejemplos de un género literario que exige al escritor lo mismo de gracia que de inteligencia y de imaginación.

Si Luis publicara sus pensamientos, me decía, y pudiera tenerlos impresos a mano para cuando me sintiera hundida… Bueno, ¡pues aquí están! Una última anotación antes de invitarlos a leer este libro tan bellamente editado por Libros del Fuego e impreso por Exlibris, y es el valor de las palabras en un país que abusa de ellas. “Escribir es deshacerse de las palabras que sobran”, y esta otra, para los malhablados: “No escribir con la boca llena”.

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