Fisuras, de José Urriola | Primer capítulo

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No tengo idea, la verdad, de cómo comenzar esta carta. Imagino que lo natural sería hacerlo con la fórmula obvia del “Querido Santiago”, pero es que decirte querido a estas alturas, como entenderás, no me nace ni un poco. Quizás lo más honesto sería comenzarla con “El coño de tu madre, Santiago” pero correría el riesgo de que no leyeras más allá de la primera línea; aunque quién sabe, conociéndote como te conozco a lo mejor comenzarla así sería la única manera de garantizar que de verdad la leyeras. Y la única también de abrigar la remota esperanza de que algún día me contestes, aunque sea nada más que para devolver el insulto.

Así que aquí vamos, que salga como mejor salga:

El coño de tu madre, Santiago; aquí te escribe tu hermano menor, Pablo, enviando al infinito este mensaje en la botella a ver si te alcanza allá en tu isla para que así tengas noticias de nosotros, los prescindibles mortales que nos quedamos aquí en la Tierra. Por cierto, cómo demonios se escribe y se pronuncia ese lugar donde estás, porque lo único que dejaste fue tu mapa de Islandia con una X roja de pirata en la parte más nororiental de la isla donde dice con tu puño y letra Þórshöfn, pero es que me pasé más tiempo buscando esas letras en el teclado para poder escribirlo que escribiendo la carta entera; no sé, me imagino que Þórshöfn es el nombre en islandés de esa aldea de pescadores llamada también Thorshofn, el puerto de Thor, donde se decía, en la mitología escandinava, que el dios Thor descendía desde Asgard a la tierra durante las noches de tormenta, en medio de un festival formidable de truenos y rayos que se aprecia desde los fiordos. No sé, quiero imaginar que estás en Thorshofn y que realmente esta carta te llegará a las manos y también quiero imaginar que te dignas a responderla y me dirás entonces qué coño estás haciendo allá y por qué nadie más puede saber tu paradero, por qué me pediste (exigiste) bajo juramento, la última vez que nos vimos, aquel día en que me entregaste tu mapa de Islandia, que te guardara el secreto, que no le dijera nada de nada nunca a mamá ni al resto de la familia ni a los amigos ni a tus exparejas y que tampoco, bajo ninguna circunstancia, te fuera a buscar, así pasaran los años y ocurriera aquí lo que ocurriera, no importaba, porque luego –con suerte, algún día– si todo salía bien, íbamos a comprender todo cuando te viéramos volver. Y yo te hice caso, Santiago, ni una palabra a nadie jamás. Me monté mi cara de pendejo bien puesta y aunque me torturen, aunque me toque enfrentar las caras de angustia y confusión de la gente que te quiere de verdad –porque tienes suerte, sí, hay gente que te quiere–, así vea a la vieja llorar desconsoladamente por los rincones mientras se muerde el labio para que no la oigan, pero a veces también a lágrima viva y públicamente a cielo abierto, todo por tu culpa, da igual, yo no digo que sé lo que sé y tampoco les entrego tu mapa de Islandia para que vayan todos en manada a Þórshöfn, como una jauría de lobos con mal de rabia, a buscarte en tu helado refugio y traerte de regreso agarrado por los pelos o arrastrado por el escroto. Me he tragado todo, Santiago, como siempre lo hice. Como cuando éramos niños y tú rompías las cosas pero yo jamás te delataba, y a mí me podían castigar o sacudirme el polvo con ensañamiento y aquí en casa todos asumían que la responsabilidad, como siempre, era mía pero yo moría callado, aguantaba lo que fuera antes de decir que habías sido tú. Y yo creo que desde entonces nos fuimos perfilando los dos para definir nuestras respectivas personalidades, en eso, lo único que somos realmente buenos: tú escondiéndote y yo quedándome callado. Santiago el ausente y Pablo el silente. Vaya par de hermanos.

Y es que soy tan bueno quedándome callado que imagínate que hace unos meses estuve tentado de escribirte con una excelente excusa pero no lo hice. Me mordí la lengua y los dedos y lo codos y una vez más, como siempre, opté por el silencio. El hecho es que me enteré por rebote de que tu amigo Francisco te estaba haciendo un documental. Un documental biográfico para más señas. Y me dolió, sí, lo asumo, me dio en la madre. Me puse profundamente triste. Porque al descubrir eso entendí claramente, Santiago, que no fuiste capaz siquiera de delegar en mí esa encomienda. Preferiste, una vez más y como siempre, a otra gente. Qué sé yo, será que no soy suficiente para hacerte tu película, es más, ni siquiera soy digno de aparecer en ella. También me dieron ganas de reclamarte en esa carta nunca escrita que ya sabía que había otra persona, tu amigo Francisco, que sabía de tu escondite islandés. No me habías dejado ni siquiera el privilegio exclusivo de saber tu paradero, tenías que nombrar a otro depositario para tu secreto. Y entonces estuve a punto de escribirte, por primera vez y después de tanto tiempo, para reclamártelo pero luego decidí que no, que para qué. Que te podías ir largo al carajo, como de hecho habías hecho ya y además por voluntad propia.

Pero entonces ocurrió lo que pasó ayer y yo ya no puedo con tanto silencio; es decir, yo no puedo más con esta aglomeración insólita de palabras no dichas, con este maelstrom de cosas por decir encapsuladas en esa cárcel de silencio a la que me condenaste y a la que solidariamente por ti me he condenado a mí mismo. Así que te jodes ahora tú, hermano, ahí te va este balde de miseria que es mía pero que ahora será también tuya; sí, sobre todo tuya. Ya es hora de que hagamos un intercambio, si quieres descuentas este balde de los mil que a lo largo de la vida me he tenido que tragar de los tuyos. Me debes igual novecientos noventa y nueve, Santiaguito.

Ayer enterramos a Ignacio, mi amigo Ignacio, mi compañero de piso desde hace dos años. El hermano que la vida me dio al faltarme tú. Ignacio que sí, era un extraterrestre, un perro verde, un autista, una ladilla, un hombre-langosta que simplemente estaba ahí, como tirado en el fondo del mar y con las tenazas atadas con cinta plástica, dejándose arrastrar por la marea, preso de la rutina y de la abulia, pero era mi amigo y mi confidente y me servía de compañía. Simplemente se dejaba estar allí, sin pedir nada a cambio, era el tipo que me escuchaba cuando por fin el cúmulo de palabras me desbordaba y además era el pana que se acordaba de hacerme y servirme el café todas las mañanas. Y hace dos días vino como todas las mañanas hasta mi cuarto, sosteniendo dos tazas de café humeante y recién hecho, una en cada mano, una para él y la otra para mí, una con dos cucharaditas de azúcar para él y la otra con una sola para mí, y me tocó a la puerta dos veces como era su costumbre pero yo estaba de pocas pulgas y todas malas, Santiago, estaba triste y dolido y malhumorado, en parte por tu culpa y en gran parte porque hace años que no compongo nada, que no soy capaz de pegar dos acordes seguidos, que las notas se me escapan al vuelo y yo no hago ni siquiera ya el intento por atraparlas, porque la música que era mi vida también se me fue un buen día para no volver; así que estaba allí tirado en la cama, viendo al techo, rumiando mi fracaso, con ganas de morirme un poco de tantísima incompetencia, sacando cuentas de lo pobre que soy porque ya ni siquiera música por encargo soy capaz de hacer, y entonces vino Ignacio con su triste café y con su actitud tan absolutamente descafeinada para la vida en general y con sus ganas tan desganadas de sentarse en la cama como todos los días para sorberse la tristeza en silencio pero acompañado y así yo también poderme sorber la propia pero en su compañía, y por primera vez en dos años me dio un fastidio sideral abrirle la puerta, me hice el que todavía dormía, me hice el enfermo, el que no estaba o no le daba la gana de estar, que entendiera lo que le diera la gana pero no le iba a abrir la puerta y no me iba a someter hoy a su presencia que era como una ausencia pero de un metro noventa y más cien kilos. Y entonces Ignacio tocó, tímidamente, primero una vez, luego dos, y cuando juraba que tocaría por tercera vez lo que escuché fueron sus pasos que se alejaban en dirección a la cocina, el agua cayendo sobre el lavaplatos, los pasos que ahora iban en dirección al baño, el chorro de orine golpeando la taza, la palanca que bajaba el agua, el grifo del lavamanos, los pasos alejándose de nuevo pero ahora dirigiéndose a la puerta principal de casa, la puerta que se abría y luego se cerraba suavemente. Ahí iba Ignacio como todos los días, rumbo a su trabajo miserable, con su sueldo miserable, listo para encadenarle un eslabón más a su miserable vida, con la única diferencia de que hoy se había tomado el café solo. Y allí estaba yo echado en la cama, regodeándome en toda mi amargura, redactándole mentalmente el currículum vitae a Ignacio donde resaltaba en letras mayúsculas el giro apoteósico en su rutinaria existencia donde tal día como hoy se había tomado el café de la mañana a solas por primera vez en dos años, cuando en eso escuché desde el otro lado de la ventana el frenazo, las llantas chirriando contra el pavimento, el ruido de los cristales que presagia el desastre, un impacto seco, algunos segundos de terrible silencio y finalmente el llanto de una mujer testigo de la tragedia. Ni siquiera me quise asomar a la ventana, no hacía falta tampoco que lo hiciera, corrí con el aliento entrecortado por el susto y en el camino de salida hacia la puerta del cuarto le fui pidiendo desesperadamente a Dios y a todos los santos de mamá que por favor no se corroboraran mis sospechas. Abrí la puerta de un tirón y seguí mi carrera hacia la segunda puerta, la de casa, y entonces sentí que el dedo desnudo del pie se llevaba por delante algo de una dureza fría, la taza de café dejada en el suelo por Ignacio salió disparada hacia la pared, se volvió añicos con el impacto, dejó salpicada la pintura blanca con el líquido oscuro y caliente, ligeramente espesado por la única cucharadita de azúcar. Aquel manchón que chorreaba hasta el suelo era la metáfora del alma que se me escurría desde la garganta hacia el bajo vientre. Creo que no bajé la escalera sino que la salté de descanso a descanso. Ya en la calle, mientras me abría paso entre los curiosos, apelotonados alrededor de la víctima, logré reconocer la bufanda y el abrigo de Ignacio desperdigados por el suelo en un radio de varios metros. Dicen los testigos que no sufrió, que murió en el acto. Que seguramente ni se enteró, no lo vio venir, en un segundo pasó de estar aquí a estar en otra parte (o en ninguna). Que al final era la suya una muerte benévola, que a quién en el fondo no le gustaría morirse así.

Ayer lo fuimos a enterrar en el Cementerio General de Santa Rita. Estaban el cura, su mamá, una de sus hermanas, los dos enterradores y yo. A los compañeros de trabajo no les dieron permiso para asistir al entierro. La otra hermana no tuvo tiempo (dinero) para viajar. El cura preguntó si alguien quería decir unas palabras antes de poner el féretro bajo tierra; pero la vieja de Ignacio y la hermana estaban desechas y yo lo único que sé, como ya te dije y ya sabes, es quedarme callado. Antes de que los enterradores le pusieran la última capa de cemento encima, tomé una flor de una corona fúnebre y se la lancé al ataúd. Rebotó de la madera y se escurrió por el hueco que había entre la urna y la tierra. Te juro que me pareció una imagen especialmente triste, desafortunada, decadente.

Al llegar a casa, tan vacía como siempre a esa hora pero ahora más vacía que nunca, me puse a recoger los trocitos de taza rota y a intentar sacar la mancha de café de la pared. Lloré en silencio y a solas todo lo que no había llorado hasta el momento. Me clavé en las palmas y debajo de las uñas los trocitos de cerámica, poco me importó, lo asumí como quien se lo merece por hijo de puta. Estoy seguro de haber recogido hasta el más diminuto fragmento de la taza; con la mancha de café, en cambio, no pude: aquello se convirtió en un fresco, en un mural hecho por Jackson Pollock. Ignacio se había ido pero había dejado su huella. Una cosa silenciosa, una presencia ausente, algo que está allí pero casi imperceptible, como siempre fue él. Decidí mejor no seguir intentando sacar aquella mancha. Que se quedara allí.

Quise tirar a la basura los restos de la taza rota pero de nuevo fui incapaz de atinarle al blanco. Quién sabe, debió ser una fuerza oculta que lo impidió, el fantasma del propio Ignacio, eso quiero creer. El punto es que los fragmentos de cerámica rebotaron de los bordes de la papelera y cayeron por el hueco que la separaba de la pared. Recogí de nuevo los restos de taza con una mano, con la otra desenchufé la cafetera y me la metí debajo del brazo. Si bien no me atrevía a tirarlo todo a la basura tampoco estaba dispuesto a soportar el tormento de esa presencia haciéndome ruido todos los días desde el más ínfimo resquicio de cotidianidad. La taza estaba inutilizable, la cafetera servía pero no pensaba tomar café nunca más en la vida; lo sabía bien, cada sorbo que le diera de ahora en adelante a un café sería un recordatorio de Ignacio, pero sobre todo un recordatorio de la pésima calidad de mi amistad y también del último café que le rechacé. Me fui hasta el sótano, tenía años sin bajar allí. Hasta había olvidado la razón por la cual me resistía tanto a volver a ese lugar. Abrí la puerta y en medio de aquel vaho mustio típico del encierro prolongado, hice maromas para no soltar taza ni cafetera mientras encendía la luz; entonces redescubrí lo único que tenía guardado en ese sótano. Allí, sobre la mesa, iluminado por la bombilla del techo, la razón olvidada por la que nunca más quise volver a pisar ese sitio: el reloj de leontina de papá. Lo único que me dejó el día que se marchó. Allí estaba, en el centro de la mesa, con sus manecillas apuntando para siempre a las 10 y 10. Congelado en esa hora, tal y como papá me lo había entregado el día que lo vi por última vez.

Puse la cafetera y los restos de la taza sobre la mesa, en un espacio libre, al lado del reloj de papá. Y entonces se me vino la memoria encima. Qué digo la memoria, Santiago, se me vino el mundo entero con atmósfera y todo en ese instante. Todo el peso del universo se me precipitó como un asteroide teledirigido, directo de la estratósfera a mi cabeza. Y esa es la verdadera razón por la que me animé a romper el silencio para escribirte esta carta. Hace más de veinte años que guardo este secreto, lo tenía tan bien guardado que hasta yo mismo lo olvidé. Es algo que, como tu paradero en Islandia, no lo sabe nadie. Ni mamá ni nuestra hermana Sofía, no lo supo Ignacio nunca, pero ahora lo sabrás tú. El día que papá desapareció, el día en que se esfumó de nuestras vidas –mira tú qué curioso, era un escapista el viejo, igual que tú– yo me había quedado a cargo. Me tocaba a mí cuidarlo, reponerle los tanques de oxígeno en caso de necesidad, darle sus analgésicos para disminuir el dolor de esa cosa horrible e insoportable que papá padecía, la fibrosis pulmonar o alveolitis fibrosante criptogenética como preferían llamarla los médicos. Pero fue mentira todo aquello de que papá me había engañado y me había pedido que saliera a comprarle una pastilla que necesitaba tomarse urgentemente y que ya se le había acabado, fue mentira también que al volver de la farmacia me había encontrado con que papá había desparecido sin dejar el mínimo rastro. Bienvenido a la verdad, Santiago, y la verdad es que yo estaba allí cuando se marchó. Todo el tiempo estuve ahí con él. Y lo cierto es que papá lo que me dijo fue: hijo, voy a comprar cigarros. Y sí, yo me cagué de la risa, porque que tu viejo te diga con un respirador conectado a tanques de oxígeno y con los pulmones vueltos un papel cebolla crujiente que se va a comprar cigarros no deja de tener sentido del humor; pero entonces me di cuenta de la seriedad con la que papá hablaba, de la grandísima confidencia que me estaba haciendo, era su manera de decir que se iba para no volver y que le guardara el secreto. Que él sabía que la poca vida que le restaba sería una puta mierda, una cosa abominable que no era vida. Que de ahora en adelante lo que único que le podía esperar era perder facultades, una tras otra, morirse de asfixia, orinarse encima, depender de la alimentación asistida, que le limpiaran las escaras, le dieran la vuelta sobre el colchón, lo bañaran y lo sacaran al sol. Un infierno no solo personal sino para compartir en familia. Y entonces, más que nunca jamás, aquella frase de papá que repetía tantísimo cobró todo sentido para mí: Los Iribarren no tenemos nada en esta vida sino dignidad. El viejo lo que quería era una muerte decorosa, en silencio, íntima, sin perder la dignidad que era lo único que tenía; una muerte discreta sin andarle jodiendo la vida a los demás, mucho menos a mamá que seguramente iba a asumir aquello con abnegada responsabilidad de carmelita descalza hasta el último respiro de papá, o de ella, porque tú sabes cómo es la cosa en esos casos: los sanos son los que empiezan a morirse antes. Así que aquella tarde el viejo se levantó de su poltrona de siempre, abrió la puerta de casa y se fue arrastrando sus tanques de oxígeno en una escena absolutamente peliculera: ahí va papá a comprar sus cigarros, es una silueta recortada contra el ocaso, nunca más lo volveremos a ver. Pero entonces el viejo se detuvo, giró sobre los talones, se vino de nuevo hacia la puerta desde cuyo umbral lo estaba viendo con la boca abierta, se metió la mano en el bolsillo y sacó su reloj de leontina. Me lo entregó y me dijo: está dañado, Pablito, se quedó para siempre en las 10 y 10; pero si quieres más adelante lo mandas a arreglar. Me pasó la mano por el pelo, me despeinó un poco con cariño, se dio vuelta de nuevo y ahora sí se fue hacia el horizonte con sus tanques de oxígeno a cuestas, para siempre.

Cuando ustedes llegaron a casa ya el viejo no estaba. Y por más que lo buscaron (o nos dijeron que lo buscaron) nunca apareció. Se esfumó. Se vaporizó. Se hizo fantasma y se borró. Sí, es cierto que el viejo se supo esconder bien, a lo mejor lo tenía todo bien planificado desde hacía mucho, quién sabe, a lo mejor un día de estos te lo cruzas por ahí en Islandia; pero también es verdad que mamá realmente no lo quiso buscar. Y no lo hizo porque lo quería y lo comprendía, a pesar de toda la soledad y el dolor a los que se estaba condenando, ella sabía con una dignidad y un estoicismo que no son de este planeta que era mejor no condenar a papá a una muerte distinta a la que él había escogido. Hay que aprender a dejar ir al que se quiere ir.

Y lo único que dejó papá fue este reloj dañado cuya presencia se me hizo insoportable pero del que no quise deslastrarme, no me atreví, así que lo dejé como un monstruo dormido aquí encerrado en el sótano hasta que decidiera repararlo, botarlo, regalarlo o qué sé yo. Ayer me lo reencontré y entonces recordé todo. Y finalmente, después de mucho, algo hizo clic y por un momento todo pareció cobrar sentido. Un sentido que es un sinsentido, pero es el único sentido que le puedo dar y que tengo. Tú, Santiago, a lo mejor no lo sabes pero estás repitiendo un patrón que es el mismo de papá. El del hombre que se ausenta, el que prefiere convertirse en fantasma antes de vivir una vida que le arrebatará lo único que tiene o cree tener: la dignidad. Y yo soy como ese reloj de leontina que me entregó el viejo, un aparato dañado, quizás con alguna remota posibilidad de reparación, estancado para siempre en el mismo espacio y tiempo. Tú eres el que te vas y yo soy el que se queda. Tú te fugas y yo me encierro. Pero ahora surge una posibilidad de sacarme y otra de traerte, y eso es lo que me impulsa a escribirte esta carta, Santiago. Tú me tienes que ayudar.

Anoche, por primera vez en años, me pasé la noche en vela pero no por el maldito insomnio de costumbre sino porque me dieron ganas de componer. Sí, es apenas una maqueta, un boceto, el esqueleto de una canción; pero es la primera música que me nace del alma y los huesos después de años de absoluta sequía y esterilidad. Así que te la mando dentro de una memoria USB que viajará a Islandia con mi carta para que la escuches, la arregles, la edites, la produzcas, hagas con ella lo que te dé la gana pero respetando su esencia. Tú me vas a ayudar, hermano, a hacer mi nuevo disco y a sacarme de este atolladero. Y yo te voy a ayudar a volver sin necesidad de moverte de tu Þórshöfn. No sé cuánto tiempo tardaré en componer este álbum, no sé tampoco cuántas canciones tendrá, pero nada de eso importa ahora. Lo importante es lo íntimo, lo honesto y lo auténtico que será. Y lo importante es que será una razón para salir de mi propia celda y al tiempo que será una razón para tenerte cerca. Que nos acerque la música como siempre fue. Que sea esa zona de tolerancia, ese oasis, ese refugio y esa trinchera donde, a pesar de todos los desencuentros, siempre supimos coincidir. Yo te mando el esqueleto y tú le pones la carne.

Y no, Santiago, no me puedes decir que no. No te puedes negar ni escabullir. Esta vez no. Me la debes, lo sabes bien, me debes un montón. Y es hora ya de que empieces a pagar.

 

Pablo.

  1. Kiki García Larralde

    Me encantó, me atrapó completamente! Quiero seguir leyendo. Santiago se va y se sigue yendo, será que volverá?

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