Archeus, de Luis Enrique Belmonte | Primer capítulo

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I. El Ojo de Escher

 

[1]

 

Estoy parado frente al Ventanal Principal del Instituto Archeus. Este cristal panóptico y caleidoscópico también es conocido como el Ojo de Escher, lugar donde se proyectan paisajes anímicos y se amplifican pensamientos autógenos.

Observo el vuelo de los zamuros sobre los depósitos del Laboratorio Experimental. El zamuro es un ser avanzado en la espiral de las reencarnaciones: su misión es procesar la carroña del planeta tierra, haciéndolo más límpido y menos tóxico.

Pero el compañero Barber no deja que me concentre en la simbología profunda del zamuro; con una bolsita de manzanilla sobre su ojo izquierdo, interrumpe mi sesión en el Ojo de Escher para volver a decirme que el mundo se va a acabar: «Se derretirán los casquetes polares y el diluvio será inminente. Y la guerra total será por el control de los paraguas, los salvavidas y los botes inflables…».

A lo mejor Barber tenga razón. Nos está entrando agua por todos lados. Las filtraciones en los techos, el glop-glop en las madrugadas y los calcetines empapados nos desaniman constantemente. Nada más triste que meter la pata en un charco frío. Nada más triste que contar goteras en la madrugada. Nada más triste que consultar esas manchas de Rorschach que se forman en el techo. Quizás algún día, no tan lejano, tengamos que salir de nuestros módulos con careta, snorkel y chapaletas. «Pero ninguno de esos adminículos sería útil o tan siquiera aprovechable si no contáramos con un esquife y unos buenos remos», apunta Barber, acomodándose el parche de manzanilla, esta vez sobre su ojo derecho.

Meses atrás al compañero Gordon le decomisaron diez frascos de Mandrax y sesenta cápsulas de Hibrix. El arsenal químico estaba encaletado en su módulo, debajo de su colchón, junto a restos de pan negro, colillas de cigarros de frontera y potes vacíos de gelatina monocromática. Pero antes de que lo metieran en un saco negro y se lo llevaran al Laboratorio Experimental, en mitad del pasillo, a la vista de los demás Residentes, Gordon lanzó su penúltima perorata: «¡VAYAMOS POR LA RUTA SIDERAL RUMBO AL GRAN TIEMPO! ¡MUERTE A LAS GRANDES EMINENCIAS! ¡MUERTE A LOS AYUDANTES! ¡QUE LOS ZAMUROS DESAPAREZCAN A LOS PRACTICANTES! ¡QUE TAMERLÁN DESTRUYA ESTE INSTITUTO! ¡VAYAMOS POR LA RUTA SIDERAL RUMBO AL GRAN TIEMPO!».

No sé por qué me acuerdo de Gordon cada vez que estoy frente al Ojo de Escher y observo a los zamuros planeando sobre los depósitos del Laboratorio Experimental. Ojalá que el compañero se encuentre bien conservado y refrigerado en un medio de cultivo adecuado para él, y que por su bien no haya dejado de cantar, aunque sea a capela, la más popular de las canciones de su popular cancionero: «Chupulum-rico-mamá-cantaba-el-mono».

Pero dejemos a Gordon para otra ocasión, pues en este preciso momento le acaba de dar un soponcio al compañero Barber. Poco antes de finalizar la sesión en el Ojo de Escher, Barber de pronto comenzó a resoplar cada vez más rápido, como si fuese un globo desinflándose, y luego se puso a pedalear y pedalear frenéticamente hasta que al fin se puso tieso-azul-ceniciento. Siempre listo para este tipo de emergencias, al instante se apersonó Samsone y pulsó el botón que activa el Código Azul. Y más temprano que tarde apareció el Dr. Watermelon, escoltado por un piquete de Practicantes. Como si fuese parte de su rutina laboral, el facultativo cubrió la cabeza de Barber con una bolsa de plástico, y en cuestión de segundos el compañero comenzó a pedalear y pedalear, cada vez más lentamente, hasta que por fin aflojó la marcha y se quedó tieso.

Pensé que Barber se había muerto asfixiado, pero el Dr. Watermelon explicó que el compañero tuvo un episodio de anticipación catastrófica que a su vez desencadenó una crisis de hiperventilación. «Pero boquear desesperadamente, como un pescado a la orilla de la playa, no soluciona nada, sino más bien empeora la situación. Por otra parte, debo decirles que el evento clínico que acaban de presenciar pudiese ser contagioso…», advirtió el facultativo, con una sonrisa socarrona. Entonces uno de los Practicantes alzó la mano tímidamente sólo para comentar que aquel evento no podía ser contagioso, pero el Dr. Watermelon le dio enseguida un codazo en el costillar y le ordenó que metiera a Barber en un saco negro y lo trasladara de inmediato al Laboratorio Experimental.

 

[2]

 

Nos están convocando a una teleconferencia con el Dr. Borg.

En la primera fila del Anfiteatro pacen las Grandes Eminencias; en la segunda fila están los Ayudantes (Dr. Watermelon, Dra. Princesita Martínez, Dr. Abraham Abraham, Dr. Salim II y Dra. Orujo); en la tercera fila se empinan los Practicantes y en la última fila nos encontramos nosotros: los Residentes.

Samsone apaga las luces y enciende la gran pantalla.

Estamos entrando en contacto, vía satélite, con la estación de El Cajón. El Dr. Borg ha convocado esta teleconferencia para comunicar importantes anuncios de interés institucional. Pero antes iniciar su propósito, nuestro mentor nos pide que dejemos de lanzar objetos personales por las ventanillas de los módulos: no más pantuflas, botones, baterías descargadas, tubos dentífricos apachurrados, crucigramas sin terminar, lajas de jabón, calcetines mojados, lápices mordidos, grageas, colillas, etcétera.

Una vez finalizado el preámbulo, el Dr. Borg prosigue con los primeros anuncios:

 

  1. Las crisis de hiperventilación no son contagiosas. Deben ser tratadas sólo por personal autorizado.
  2. El Dr. Borg no estará con nosotros para la próxima temporada. Nuestro mentor se internará en la Sierra de Pakaraima con el objetivo de buscar los restos fósiles de un murciélago gigante cuya presencia arquetipal aún continúa resonando en los miedos atávicos de las poblaciones oriundas de la región.
  • Mientras dure la expedición a la Sierra de Pakaraima, el Dr. Mabuse será el encargado de sustituir al Dr. Borg en la dirección del Instituto Archeus.
  1. Fin del comunicado.

 

Por los pasillos del Instituto se dice que cuando el Dr. Mabuse tome posesión del cargo revisará exhaustivamente los criterios de admisión; que aplicará test de obediencia tanto a los Residentes como al personal autorizado; que regulará las sesiones de Mandrax; que controlará los sistemas de gratificación mediata e inmediata. También se dice que humillará en público a los Ayudantes, haciéndoles preguntas que no podrán contestar; que les exigirá a las Grandes Eminencias que asistan a las reuniones del Cónclave con las cornamentas recortadas y pulidas; que eliminará los cuchillos del refectorio, sustituyéndolos por cucharas; que impondrá un horario estricto para el uso del retrete: dos veces al día, dos minutos cada vez.

«Y lo peor de todo es que volveremos a comer con cuchara. ¿Cómo se puede picar un bife con una cuchara?», se lamenta el Zorzal Criollo, moviendo su rabadilla nerviosamente.

«Pero qué dicen, compañeros, no se desanimen, ni pierdan el norte. La condesa Elisabetta me dijo que el presupuesto para la expedición a la Sierra de Pakaraima aún no ha sido aprobado por las Damas del Colibrí Azul. Así que todavía falta mucho para la próxima temporada. El final se acerca, es cierto, pero aún está muy lejos. El Dr. Borg no se ha ido todavía. Él está con nosotros. Aquí tengo la prescripción que justo ahora me acaba de enviar al Buzón Central…», interviene Crosby, agitando el récipe como si fuese un pañuelo de despedida.

Al revisar atentamente el documento, podemos certificar que es auténtico, pues tiene el sello inconfundible del Dr. Borg: un diminuto colibrí con las alas desplegadas. Y según se puede leer en la descripción preliminar, se trata de una copia de la carta que E. Hemingway le remitió a S. Fitzgerald el 21 de diciembre de 1935:

 

Si realmente estás tan triste obtén un buen seguro y veré que te puedas matar. Todo lo que tienes que hacer es no levantar tus brazos lo bastante rápidamente para que un negro hijo de puta te dispare y tu familia tenga lo necesario para que no tengas que escribir más, y yo te escribiré una buena necrológica de la que Malcolm Cowley cortará la mejor parte para la Nueva República y nosotros podremos sacarte el hígado y darlo al Museo de Princeton, tu corazón al hotel Plaza, un pulmón a Max Perkins y el otro a George Horace Lorimer. Si todavía podemos encontrar tus pelotas yo las llevaré vía Isle de France a París y de ahí a Antibes donde las lanzaré al mar desde Eden Roc y nos agenciaremos a MacLeish para que escriba un poema místico que sea leído en la escuela católica (¿Newman?) a la que fuiste. ¿Te gustaría que escribiera el poema místico ahora? Veamos.

 

[3]

 

Wanda acaba de regresar del Laboratorio Experimental, en donde le aplicaron la batería completa de las Pruebas de Indefensión Aprendida. Ahora mismo se encuentra en la Sala de Admisión, tarareando la canción de los pitufos. Lleva un vestido de fieltro rojo, zapatos de charol, calzas largas y dos coletas amarradas con sendos lazos amarillos. Mientras aparece el Dr. Salim II, a la sazón Ayudante encargado de la Sala de Admisión, la reciben Loki y Liberache, los intrépidos zancudos. Al verlos, Wanda se pone a llorar desconsoladamente. Extrañados por la inesperada reacción, los intrépidos zancudos aprovechan la ocasión para atacar sin misericordia por distintos los flancos, al tiempo que Wanda les implora, hincada de rodillas: «Liberache, Loki, por favor, se los ruego, no me sigan puyando, tengo mucho miedo a las picadas…Les juro que de ahora en adelante me portaré como una niña buena…».

Sorprendidos por lo que acaban de escuchar, los intrépidos zancudos detienen la ofensiva. No pueden creer lo que están observando: ¿Se trata de la misma Wanda que anteriormente los capturaba para quemarle las alas y amarrarle las proboscis con un hilo? ¿Se trata de la misma Wanda que se reía a carcajadas mientras los mareaba con plagatox y les obligaba a bailar el hula-hoop sobre su mesita de noche?

«Parece increíble, pero es cierto: es la misma Wanda», le dice Loki a Liberache. «Bueno, si así es la cosa, vamos a vengarnos de todas las afrentas infligidas a nuestro gremio…», propone Liberache. Y entonces activan un plan de ataque virulento: Liberache la aturde por las orejas, mientras Loki le pica la cara. Por su parte, Wanda se resguarda como puede, acurrucada debajo de un banquito de metal oxidado: «No más, no más, no más por favor. No lo volveré a hacer, no lo volveré a hacer. Seré una niña buena, se los juro…».

[4]

 

Aparte de anunciar un poco alentador futuro diluviano, Barber tiene la facultad de pronosticar el clima en el planeta Marte. En su mejor momento anunció la tormenta de arena que se tragó a la Mars 3. Gracias a Barber, por ejemplo, ahora sabemos que el volcán más grande del Sistema Solar se encuentra en Marte, en la región de Tharsis, se llama Monte Olimpo y es tres veces más alto que el Monte Everest. Gracias a Barber, por ejemplo, ahora sabemos que el Gran Valle de Mariner, con 11 Km de profundidad, es la mayor hendidura planetaria que existe en el Sistema Solar. Gracias a Barber, por ejemplo, para ninguno de nosotros es un secreto que el cielo de Marte no es azul sino amarillo rosáceo, o que en las regiones septentrionales abundan las dunas y los desiertos, mientras que en las meridionales se registra una mayor presencia de cráteres y montañas, o que las tormentas de arena son más frecuentes en el hemisferio sur y al final de la primavera, o que la temperatura promedio de un verano en el ecuador marciano es de -16 grados C°, por ejemplo.

¿Se formarán tormentas de arena en el Valle de Mariner? ¿Habrá neblina matutina y escarcha en el Laberinto de la Noche? ¿Habrá nubes a la deriva sobre el Monte Olimpo? ¿Por qué los marcianos usan la ropa tan ajustada?

Lamentablemente, Barber no se encuentra en este momento con nosotros para aclarar estas dudas.

«A Barber lo trasladaron a los depósitos del Laboratorio Experimental», dice Trepus, rascándose una oreja. «¿Y cómo sabes tú eso?», pregunta Crosby. «Me lo dijeron Loki y Liberache. Los intrépidos zancudos me contaron que cuando estuvieron en los depósitos del Laboratorio Experimental vieron un saco negro con una etiqueta que decía: Barber, Cx Px 204, caso cerrado.», contesta Trepus.

«Entonces tendremos que decirle adiós al amigo fiel, compañero de la vida, barra querida de aquellos tiempos. Sin duda alguna, después de mi accidente aéreo, esta es una de las peores noticias que he escuchado recientemente. Y lo peor de todo es que aún no sabemos cómo reaccionarán los lectores tras la prematura desaparición de un personaje tan querido…Lo mejor será informarle de una buena vez a la prensa amarillista.», interviene El Zorzal Criollo, visiblemente conmovido.

«Compañeros, he venido trotando desde el Laboratorio Experimental hasta acá para anunciarles esta tragedia, pero en este momento mi alma sólo quisiera salir a cazar patos salvajes, perseguir luciérnagas y ladrar con sentimiento…», dice Trepus, mientras se enjuga los ojos con una de sus patas.

«Y no les bastó con trasladar a Gordon al Laboratorio Experimental y privarnos así de su divertido cancionero, sino que ahora se han cebado contra el Residente más honorable de todos, el más veterano, el único que podía pronosticar el tiempo aquí y en Marte. Qué tristeza, compañeros, irse así de esta manera, entregado a los zamuros, sin aplausos, ni reflectores, ni público. Este Instituto es una porquería. Las Grandes Eminencias y los Ayudantes son peor que la Camorra. Porca miseria…», se lamentan vivamente los cofrades Papini-Goldini.

«Pero es que no me puedo creer que sean tan ingenuos. ¿Cómo pueden ustedes tomar en serio a los intrépidos zancudos? ¿Cómo se puede confiar en entidades que fueron criadas en charcos putrefactos?», masculla Crosby, lanzando un contundente escupitajo.

«Hablas bien, Crosby, no nos confiemos para nada de esos patas blanca. Vamos a preguntarle directamente a Wanda, pues acaba de salir del Laboratorio Experimental», dice Trepus.

«Buena idea, compañero, vamos a preguntarle a Wanda. Busquemos otra versión de los hechos», dice Crosby.

 

[5]

 

Vamos en cambote a interpelar a Wanda.

Tocamos la puerta de su módulo y no responde.

Volvemos a tocar y no responde.

Seguimos intentándolo, pero tampoco responde.

Después de un buen rato de espera, el compañero Trepus comienza a raspar la puerta con sus pezuñas, produciendo de este modo un desagradable y perturbador chirrido, hasta que por fin escuchamos la voz de Wanda desde el otro lado de la puerta: «¿Y ustedes qué es lo quieren, ruinas vivas?». «Abre la puerta, Wanda, es urgente, necesitamos hablar contigo», le gritamos desde el pasillo. «Ja, Ja, Ja…Ya quisiera saber yo qué puede ser tan urgente para unas patéticas ruinas vivas como ustedes. ¿Será que van a terminar de desaparecer? ¿Será que la UNESCO los va a declarar patrimonio de la humanidad? ¿O será que por fin llegaron las grúas que van a demolerlos para construir un estacionamiento sobre sus restos?», nos responde Wanda, esta vez con la puerta entreabierta.

Por lo que estamos observando, las Pruebas de Indefensión Aprendida no han sido tan exitosas como pensábamos. O quizás los resultados sólo sean observables en la Sala de Admisión, bajo el asedio de los intrépidos zancudos.

«O quizás se trate de un caso de fingimiento de síntomas…», dice Crosby, tomando oportunamente el mando de la situación: «Así que abre la puerta de inmediato, niñata malcriada, pequeño estropajo, te advierto que somos capaz de contarle al Dr. Abraham Abraham que has estado fingiendo un estado de Indefensión Aprendida. Y si las autoridades se llegan a enterar que hubo simulación, pequeña Gorgona, lo más seguro es que te envíen para siempre a los depósitos del Laboratorio Experimental…».

Luego de un tenso lapso de silencio, Wanda se asoma tímidamente por la hendija de la puerta y nos dice: «Queridos compañeritos, disculpen el percance, ¿en qué los puedo ayudar?». «Sweety, no queremos molestarte. Sabemos que estuviste en el Laboratorio Experimental y que por lo tanto te estás recuperando de tan impactante experiencia…Sólo dinos qué sabes del paradero de Barber y de Gordon…», le pregunta Crosby. «Compañeritos queridos, ¿y qué le darán a esta niña indefensa a cambio de una información tan valiosa?», contesta Wanda.  «Honey, te daremos la colección de chupetas de menta del dúo Papini-Goldini, la misma que les compró la princesa de Éboli cuando los llevó de paseo a la Noria Gigante de Nueva C.», le responde Crosby, guiñándole un ojo a los cofrades italianos.

«¿Señor Crosby, usted está hablando en serio?», pregunta Wanda. «Claro que sí, muñeca, palabra de crooner», contesta Crosby. «Trato hecho… ¿Y qué es lo que quieren que les diga? Ah, sí, sí, sí, ya me acuerdo. Bueno, les informo de una buena vez que Gordon está vivo y que, gracias a Archeus, su aburrido cancionero fue confiscado y sepultado en los archivadores del Laboratorio Experimental. El Dr. Abraham Abraham dice que lo mantendrán refrigerado en una cápsula de petri y que probarán con distintos medios de cultivo hasta obtener el más adecuado para él. Ahora, con respecto a la momia de Barber, disculpen, el señor Barber, lo que les puedo decir es que hay tres versiones: los zancudos dicen que lo vieron en los depósitos del Laboratorio Experimental; los zamuros dicen que lo han estado buscando pero que aún no lo encuentran; y los Practicantes dicen que lo trasladaron a la estación de El Cajón porque el Dr. Borg lo mandó a llamar para asignarle una misión especial. Eso es todo lo que sé, queridos compañeritos. Lo demás son habladurías sin sostén. ¿Y cuándo me van a dar las chupetas del dúo italiano, si se puede saber?», pregunta Wanda. «Muy pronto, sweety, por ahora tienes que descansar. Has estado sometida a mucha presión y tienes que recuperarte», la tranquiliza Crosby.

«¿Me lo promete, señor Crosby?».

«Palabra de crooner, honey».

 

Archeus, de Luis Enrique Belmonte. 2020.

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