Parasitarias, de Alejandro Castro | 3 poemas

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LENGUA GEOGRÁFICA

 

Como lágrimas,

había murciélagos. Había

frutas delirantes, troncos

que se quedaron dormidos,

arrastrados por la corriente,

un canto entrecortado por las olas,

un canto mentido que este poema

no podrá repetir nunca. Había

piedras del tamaño de un puño

que no conocen el deseo

ni lo cumplen. Había maldad,

desesperado miedo de no ser pantera,

de no ser

más que hombres. Había

sangre, sangre de tu piel

lastimada por una emoción

que no me recuerda.

 

Si pudiera, te dije,

y no pude. Había murciélagos,

esas criaturas de la noche africana

que cuelgan como lágrimas,

como ratas aladas por la furia de Dios,

para que nadie pudiera vivir

en las entrañas, en el seno

de la naturaleza, donde yacen

los monstruos.

 

Había sal en la ola,

qué vergüenza.

Había puños como piedras,

insectos, guijarros, virginidad,

espantos que supieron esperarnos

tras la sangre.

 

No era la cueva de un dragón, era

apenas la cuenca de un ojo cerrado

como puerta, era reino de lágrimas,

murciélagos.

Ni río ni rama ni pantera ni lecho,

era un hueco, poco cueva, poco entraña.

Si pudiera, te dije, y no pude.

 

Pero el cielo sabe y los arbustos

cuánto quisimos imposible,

cuánto, terriblemente,

para no gritar o esperar

ni sentir miedo de

los surcos de tu lengua despapilada,

tu lengua de leproso

y las escamas de mi piel

y tus alas de dragón

y una chispa que no fue llama.

 

Para que no siga todo igual

hasta el fin de los tiempos

volveré a la cueva un día

y daré de comer a los murciélagos.

 


PORQUE el mar no tiene estrellas, Cueva,

sino alimañas: repta equinodermo asteroideo.

Mar no es cielo, Cueva, ni sabana:

su fondo detritófago lo pudre todo.

El mar no tiene estrellas, Cueva,

ni caballos, sino monstruos:

hippocampus minotauro erecto,

equino que ni tira ni carga ni cabalga,

cebra hippocampus camaleón.

¿Para qué quiere Piélago caballo?

Mar no es pradera, Cueva, ni llanura:

su fondo sin tristeza todo ahoga.


LAS palabras de los muertos

son palabras sin aliento.

No comunican, no enuncian,

no designan, no afrentan.

Las palabras de los muertos

vienen de adentro de las gargantas

de los muertos y sólo saben decir

su muerte, una y otra vez sus agujeros,

sus moscas, el hedor de los muertos.

Las palabras de los muertos

no duelen –afortunadamente,

al menos, no duelen.

 

Parasitarias, de Alejandro Castro.

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